1. Editorial: Tiempo al tiempo
  2. El libro que tejió el alma de Occidente
  3. El arca del tiempo en el fin del mundo
  4. Entre el Sol y la Luna
  5. Una espiga llamada Abib
  6. El calendario bíblico del sur
#2 #2 NOVIEMBRE 2025

El calendario bíblico del sur

Una introducción

El calendario y el futuro

Hay dos formas de afrontar la vida: dirigidos por el pasado o dirigidos por el futuro. Lo mismo sucede con la Biblia. Podemos entenderla como una tradición obligatoria del pasado, o podemos comprenderla como una visión de futuro. Mi elección es por esta última, porque creo que se alinea perfectamente con la revelación del Nombre, cuando, en el diálogo con Moisés, se autodenomina “Seré el que seré”. Y luego, en otra parte, el apóstol insiste: “sobre todo que profeticéis”. La historia solo tiene valor cuando se registra y se estudia para orientar el presente hacia los objetivos del futuro.

La vida del hombre vale por su visión de futuro. Nadie se eleva mirando el pasado, sino creyendo en lo que es posible alcanzar adelante. Esta es la parte que no se entiende al enfrentar el texto bíblico. Pero, una cosa es clara, si los que escribieron el texto no hubieran pensado en el futuro, la Biblia no existiría.

Y no solamente con vosotros hago yo hoy esta alianza y este juramento, sino que la hago tanto con quien está hoy aquí con nosotros en presencia de Yahvé nuestro Dios, como con quien no está hoy aquí con nosotros.1

La verdadera tradición es un legado, un bien que dejamos para las próximas generaciones con el propósito de asegurar su existencia y mejora. Una buena tradición no es una carga, ni una atadura al pasado. Otra cosa es el tradicionalismo.

La sabiduría nos enseña que el cambio es una constante en la vida humana y que nuestra capacidad para adaptarnos, aprender y crecer es fundamental para enfrentar los retos que este implica. Por lo tanto, una tradición solo es útil en la medida que nos ayuda a conservar lo valioso y a modificar, eliminar o adaptar todo lo demás.

Madurar, crecer, desarrollarse, son términos relacionados con procesos de cambio beneficiosos no solo para el individuo, sino para todo el colectivo humano. Y en todos estos procesos, la visión de futuro es el factor común. Sin duda, esta visión no es una ilusión, sino el resultado de aplicar la sabiduría a la experiencia y al conocimiento en búsqueda de respuestas y soluciones a las condiciones presentes que, por lo común, solo hayan remedio luego de un tratamiento que suele ser de largo plazo.

Una visión de futuro, entonces, nace de la observación y reflexión de las causas que explican el presente y que, por lo mismo, permiten trazar una ruta hacia un destino en el futuro. Sea que se conserven, modifiquen o reemplacen las causas, las consecuencias de los asuntos importantes rara vez se alcanzan de manera inmediata.

Por esa misma razón, la sabiduría nos muestra que la visión de futuro no solo se enfoca en la visualización de una meta, sino que también permite valorar el recorrido por el que se llega a ella. En una visión de futuro, el camino es parte del destino. Esto es muy importante, porque la experiencia nos enseña lo común que es el desánimo cuando la meta es distante o exigente.

Una visión de futuro no solo incluye una meta u objetivo a alcanzar. No somos flechas. Por eso incluye etapas y tiempos de recuperación. Porque los seres humanos nos agotamos, por muy motivados que estemos, lo que significa que si bien hay que avanzar, también hay que sostener.

¿Estaremos de acuerdo en afirmar que un calendario es una visión de futuro?

Calendario y profecía

En este contexto, pensando en el calendario como una herramienta para la gestión del tiempo, aunque suene de Perogrullo, debe quedar claro que se trata de la gestión del futuro. Y en esa dirección, el texto del apóstol Pablo, que recordamos antes, cobra un significado muy preciso: “sobre todo que profeticéis”.

La profecía no es un tipo de adivinación, tampoco un don sobrenatural

De seguro que estaremos de acuerdo en que la profecía no es un tipo de adivinación, tampoco un don sobrenatural que permite el contacto con la deidad. Lo primero es claro para el que conoce la Biblia, lo segundo no tanto, porque depende de cuán desarrollada esté su percepción del llamado “imago dei”, ese “tselem elojim” hebreo, es decir, la experiencia con la imagen de Dios.

En el Libro de Génesis se registran estas palabras: “Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su semejanza, según su imagen, a quien puso por nombre Set”. Este texto establece una clara relación entre “imagen de Dios” y “paternidad”, pero, incluyendo el sentido de fidelidad del hijo al padre, que es lo que distingue a Set de su hermano Caín. Entonces, cuando hablamos del ser humano creado a imagen de Dios, estamos afirmando nuestra condición de hijos fieles. Hablar de la experiencia con la imagen de Dios es hacer referencia, entonces, al nivel de conciencia que tenemos de Dios como padre al que obedecemos.

Esta experiencia muestra su mayor desarrollo en la doctrina de Jesús, cuando enseña a sus estudiantes el “Padrenuestro”. El concepto “padre” es central para el Maestro de Galilea. Es comprensible que nadie entendiera lo que estaba diciendo al afirmar: “El que me ha visto a mí, ha visto al padre”. Jesús estaba comprometido en obedecer los mandamientos, no por temor al castigo, sino por querer mantener la identidad con el Padre. Por esa razón se dice de él: “y aun siendo hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia”. La obediencia a los mandamientos a la luz de su conciencia, con la intención de ser como su padre, por amor, lo elevó a la “plenitud”, como continúa diciendo el autor de la Carta a los Hebreos:

… y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec. Sobre este particular tenemos muchas cosas que decir, aunque difíciles de explicar, porque os habéis hecho torpes de oído.

La Biblia de Jerusalén traduce como “perfección” el término griego teliothís, pero en el pensamiento hebreo, esta palabra griega se conecta con términos como shalem y malé con la idea de ‘completar’, ‘llenar’, ‘dejar listo’, lo que nos ayuda a entender mejor el texto. La obediencia de Jesús, es decir, su dedicación, le llevó a alcanzar un nivel de realización personal tal, que hizo posible que quienes le prestaban atención fueran también capaces de alcanzar una liberación permanente para sí mismos, rumbo a su propia realización.

Jesús estaba enfocado en entender y vivir de acuerdo a las enseñanzas de sus padres, alineados a la voluntad del Creador, eso le permitió su enorme desarrollo, y de él aprendieron sus estudiantes a enfocarse, de igual manera, en la vivencia de los mandamientos a la luz de sus conciencias, bajo la guía del amor. Esta manera, no legalista, ni tradicionalista, de relacionarse con los mandamientos es la que el apóstol Juan quiso distinguir al hablar de “logos”, la palabra. Quería decir que no se trataba de una relación con la letra, sino con el significado, no con la interpretación, sino con los resultados. Lo extraordinario de Juan, que aprendió de Jesús, es haber podido revelar que esa palabra creadora de mundos era la misma que estaba en los textos ancestrales, pero que había que “recibirla”, “heredarla”, “poseerla”, “tomarla”, “aceptarla”, vivirla al acostarse y al levantarse, para andar con ella y dejarse guiar por ella, a fin de recibir sus beneficios:

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre, viniendo a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios.

Para Juan, la virtud de Jesús residía en haber recibido la palabra. Por ella supo que era hijo literal y legítimo y eso lo transformó por completo. Mientras los demás no cruzaran esa frontera, no había forma de que pudieran entender de qué estaba hablando y cómo era capaz de hacer todo lo que hacía, porque la idea del ser humano como hijo literal del ser superior, autor del universo, es la metamorfosis misma. Sin embargo, esa literalidad llevó a sus contemporáneos a creer que lo decía solo de él, cuando en realidad lo decía de todos los seres humanos, por eso el Padre es “nuestro”. Porque como bien sentencia Lucas en su genealogía: “Adán, (es) hijo de Dios”. Ahora entenderemos por qué al Maestro le gustaba tanto hablar del “hijo del hombre”, que en hebreo es “ben adam”, literalmente, hijo de Adán.

Lo que el humano rechaza, por miedo o ignorancia, es esa identidad y en ese rechazo está la esencia de la “idolatría”: cualquier cosa que reemplace su lugar como Hijo literal y legítimo del Padre que está en los cielos. Es este rechazo el que va a fabricar, posteriormente, fenómenos como la cristolatría, que es la adoración indebida a Jesús, quien de seguro, con su habitual ironía diría: “¿Por qué me llamas ‘señor’ ‘señor’ y no haces lo que te mando?”. La consecuencia de esta filiación con el Padre es que nos convierte a todos en hermanos. A todos los que “recibimos” esa palabra transformadora.

Mientras no entendamos lo que significa la imagen de Dios, su paternidad, no entenderemos tampoco la función de un primogénito, que es el responsable en cada generación y en cada familia de sostener, contra viento y fuego, esa relación de la familia con el Padre.

Los llamados “sacerdotes” (en realidad “representantes”) de la Casa de Aarón reemplazaron a los primogénitos de todas las familias israelitas, aquellos que fueron rescatados en la primera Pascua Egipcia, por causa del becerro de oro. Porque el plan era que todos fueran “sacerdotes”, como fue expresado en el Sinaí: “seréis para mí un reino de sacerdotes”.

La reducción del “sacerdocio” a solo la Casa de Aarón fue un mal necesario, una forma de reparar el daño en el camino, una solución transitoria, de ninguna manera el plan original. Lo mismo sucedió cuando el pueblo pidió rey, la respuesta a Samuel no deja dudas: “Haz caso a todo lo que el pueblo te dice. Porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos”. Y lo mismo podemos decir de la función profética, porque, ¿qué puede significar lo dicho por Moisés, el más grande profeta de Israel, cuando le respondió a Josué: “¡ojalá que todo el pueblo profetizara!”? Por esa razón es que San Pablo no tenía dificultades para decir insistentemente: “sobre todo que profeticéis”.

La profecía es el arte y la ciencia de analizar el presente a la luz de los acuerdos establecidos y vigentes con nuestro Padre, lo cual supone, básicamente tres cosas: (1) una amplia experiencia en la vida (que incluye la experiencia de los demás y la historia), (2) un profundo conocimiento de los acuerdos establecidos (proveniente del compromiso intencional de ser responsable con ellos), y (3) la sabiduría para identificar relaciones de causa y efecto (una valiosa habilidad que se desarrolla con la práctica).

Una de las herramientas que sirven al entrenamiento de los profetas es…
¡el calendario!

Lo dicho arriba asume que nuestra relación con el texto bíblico tiene la naturaleza de un acuerdo. Presupone un acuerdo con el Padre. Si no hay acuerdo, el texto pierde su sentido. Porque la palabra profética, esta capacidad de analizar e interpretar el presente, no es una habilidad que se da de manera genérica, sino, muy por el contrario, de forma específica. Como dijo, el profeta Amós: “nada hace el Señor sin revelar su secreto a sus siervos los profetas”. Y los profetas no son eternos. Entonces, se necesitan profetas permanentemente, en todo lugar, en todo tiempo.

¡ojalá que todo el pueblo profetizara! ¡sobre todo que profeticéis!

Y una de las herramientas que sirven al entrenamiento de los profetas es… ¡el calendario! Tarde tras tarde, Sabat tras Sabat, Luna tras Luna, Fiesta tras Fiesta, Septenio tras Septenio, Jubileo tras Jubileo, el calendario nos entrena en la capacidad de percibir el tiempo, la oportunidad y el momento de cada cosa.

Entonces les dice Jesús: “Todavía no ha llegado mi tiempo, en cambio vuestro tiempo siempre está a mano”.

¿Cómo entenderemos el significado del día de hoy, sin percibir su lugar en la semana, en el ciclo lunar, en el momento del año, del septenio, del jubileo? Astronómicamente un día tiene 23 horas, 56 minutos, 4.0989 segundos. Proféticamente, dice San Pedro “un día es como mil años”. No es un asunto de cuál es la verdad, son dos perspectivas válidas diferentes, con objetivos diferentes.

La profecía solo sirve a quien tiene un acuerdo y por tanto una obligación. Y es en el marco de ese acuerdo que el calendario tiene su función. La profecía es la función ejercida por el primogénito en beneficio de la familia y en el marco de los acuerdos que ésta tiene con el Padre. Por esa razón, el apóstol Pedro señala firmemente: “Y hay que tener muy en cuenta, antes que nada, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada”. Y el calendario, interpretado proféticamente, permite que la familia conozca los plazos para el cumplimiento de las promesas recibidas. ¿Cuáles promesas? Todas aquellas que se alinean con aquella dada a Abraham:

Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.

De modo que el calendario es una de las grandes herramientas para el entrenamiento y el trabajo profético, a través del cual se percibe el ritmo histórico de la travesía humana. Una travesía íntima, en el interior de cada ser humano, que le lleva a desplazarse desde la total inconsciencia a la máxima conciencia de sí mismo y de su lugar en el universo. Una travesía geográfica, en busca de un mundo mejor, que impulsó a la humanidad a un constante viaje migratorio, a lo largo de miles de años, desde Omo Kibish en África hasta la Patagonia en América, desde Ur de los Caldeos hasta la Tierra de Canaán. Una travesía cósmica, que apenas percibe, montado sobre un planeta que viaja a la extraordinaria velocidad de 110,000 kilómetros por hora. Vivir es estar en movimiento.

El calendario fue creado para captar el movimiento que es significativo para la vida humana. Por eso no extraña la relación que se desarrolló en la antigüedad entre el calendario y la astrología, en tanto ciencia de la ubicación cósmica. Siempre se ha percibido la existencia de una conexión directa entre la vida humana y los movimientos de los astros. Hoy, conscientes de aspectos como el ritmo circadiano, lo podemos entender mejor. Pero, el calendario bíblico, me parece, sin negar lo anterior, guarda una característica muy propia: su enfoque, en el corto plazo al desarrollo económico y en el largo plazo a la transmisión intergeneracional, sobre la base ética de los mandamientos, porque son estos enfoques los que aseguran el bienestar permanente de cada familia en la tierra.

¿Habremos llegado a la conclusión de que la profecía no es un misterio sobrenatural, sino, por el contrario, un arte que necesitamos recuperar y desarrollar con urgencia?

Características del calendario

El calendario bíblico tiene varias características peculiares, pero tiene un objetivo nítido: mantenernos conectados con el universo en el que vivimos. Considerando nuestra fabulosa e inagotable capacidad de imaginar, nuestro mayor peligro, como especie, es la desconexión del mundo que nos rodea. Mantener una equilibrada relación entre realidad e imaginación es uno de nuestros principales objetivos, no solo para prosperar, sino, para sobrevivir. Veamos cómo esta red de días, semanas, meses, años, septenios y jubileos, puede hacer la diferencia entre el bien y el mal, la vida y la muerte. No es que el calendario tenga ese poder sin partir del fundamento que es la confianza y fidelidad al ser supremo, pero, si esa confianza no le permite al ser humano entender la urgencia de contar con tecnología benéfica, fruto de la sabiduría, de poco le ha de servir.

El día

El día bíblico no se define por sus 24 horas, sino por las dos fases que lo componen: una fase nocturna que se inicia al anochecer, y una fase diurna que se inicia al amanecer. Estas dos fases aparecen en el texto bíblico tradicional en la forma: “fue la tarde y la mañana”, los términos hebreos en realidad aluden a los momentos iniciales de cada fase: atardecer y amanecer.

Es significativo que el día bíblico comience al atardecer o anochecer, pues es durante la noche que nuestro cuerpo se prepara para la actividad diurna. Eso ya nos va dando una idea de las características de este calendario, diseñado para nuestro bienestar, y del enorme valor que tiene la preparación para la cultura bíblica.

La semana

La semana bíblica tiene siete días. Una semana equivale, aproximadamente, a una cuarta parte del ciclo mensual de la Luna, de aproximadamente 29 días.

Tal es la importancia de la semana, que la Biblia comienza hablando de ella. Aunque la tradición ha puesto más atención a la creación, que en realidad es la alegoría que Moisés y su equipo de editores usaron para darle realce. La semana, con el rol protagónico del séptimo día, es la institución más importante de la cultura bíblica, enfocada en cumplir la misión encomendada:

Y los bendijo Dios con estas palabras: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra.”

Esto es, sin duda alguna, un mandato de carácter eminentemente económico, que se ve con mayor detalle en los Diez mandamientos, cuando, después de dar todas las normas referentes a la relación con la deidad, se señala:

Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso en honor de Yahvé, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahvé el día del sábado y lo santificó.

Tal es la importancia de la semana, que la Biblia comienza hablando de ella.

Esta ubicación no deja dudas respecto al lugar de la semana y del día séptimo, dejando constancia de su rol intermediador, entre el espíritu intangible y la materia inerte. La frase “Seis días trabajarás” nos da a entender el carácter económico de la semana. Y como parte de ella, no separado de ella, viene el rol protagónico del día séptimo, que tiene dos funciones fundamentales:

  1. dar forma a la semana, insertando un último día dedicado al descanso, porque de lo contrario, todos los días son iguales. Sin el séptimo día no hay semana.
  2. introducir un tiempo de ocio, que nos permita tomar consciencia del mundo en el que habitamos y de su enorme potencial.

Para evitar que nos privemos de esta oportunidad, o que nos desviemos siguiendo los deseos del ego, como cuando un padre habla con sus hijos pequeños, así Moisés habló y dijo: “día de descanso en honor de Yahvé, tu Dios”, para que al escuchar que era para Dios, obedeciéramos. Y para dar fuerza a la orden, vuelve a aludir a la alegoría de la creación: “Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó”. No hace falta explicar que un ser superior no necesita descansar, y que la figura del descanso es un antropomorfismo para ayudarnos a entender el valor de ese reposo, con el fin de que seamos mucho más productivos, eficientes, efectivos y creativos en los siguientes seis días.

El valor cultural del reposo social es tan importante, que varios siglos después, el autor de la Carta a los Hebreos escribirá:

Por tanto queda un descanso sabático para el pueblo de Dios. Pues quien entra en su descanso, también él descansa de sus trabajos, como Dios de los suyos. Esforcémonos, pues, por entrar en ese descanso, para que nadie caiga imitando aquella desobediencia. Pues, viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón.

La alegoría del Dios que descansa sigue en uso, pero el concepto del descanso sabático ya ha alcanzado un nivel mucho más profundo, lo que significa que, paralelamente, el concepto del trabajo ha logrado ascender a un nivel superior, como queda registrado en el Evangelio:

​Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que el Hijo del Hombre os dará; porque en éste, Dios el Padre ha puesto su sello.

Ya somos capaces, ahora, de enfocarnos en un trabajo trascendente, que transforme al ser humano, que lo eleve, en beneficio de todos, a un nivel superior de existencia. Sigue siendo una tarea económica, pero ya superó el nivel de las necesidades básicas, gracias al descanso semanal.

¿Habrá mayor descanso que el de vivir en una sociedad consagrada al servicio al prójimo?

Cabe notar que Jesús nunca buscó su propio beneficio porque entendió, claramente, que nuestras necesidades se satisfacen cuando nos dedicamos a un auténtico servicio. Por eso, siempre hablaba del “hijo del hombre”, es decir, del “hijo de Adán”, es decir, del hombre común. Todo lo que dijo de sí, era lo que decía de todos nosotros, hijos de Adán. Pero, como nos habíamos vuelto “torpes de oído”, terminamos por tergiversar su enseñanza: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que el Hijo del Hombre os dará” es un anuncio profético, de que estaba por llegar un tiempo en el que el hombre común sería capaz de proveer a sus semejantes de productos y servicios que traerían bienestar permanente, gracias a su capacidad de gestionar la semana de una manera sabia y respetuosa. Eso es lo que está detrás del significado de “entrar en su reposo”.

¿Habrá mayor descanso que el de vivir en una sociedad consagrada al servicio al prójimo?

Finalmente, como parte del ciclo de la Luna, la semana tiene una naturaleza femenina y se relaciona con el agua. Y una característica del agua es su cualidad purificadora, como señala el profeta Ezequiel:

Yo, pues, os tomaré de las naciones y os reuniré de todos los países, y os traeré a vuestra propia tierra. Entonces esparciré sobre vosotros agua pura, y seréis purificados de todas vuestras impurezas. Os purificaré de todos vuestros ídolos. Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y haré que andéis según mis leyes, que guardéis mis decretos y que los pongáis por obra.

Hay muchos ejemplos en el texto bíblico que nos ayudan a ver la relación que el número siete tiene con el concepto de “purificación”, que me parece el principal rasgo del séptimo día. Si cada noche, mientras dormimos, nuestro sistema corporal se restaura, se limpia, se purifica, cabe pensar que cada séptimo día el mundo social se restaura, se limpia, se purifica. La falta del descanso semanal, tal como lo propone el texto bíblico, es la principal causa de enfermedad y muerte. ¿Necesitamos una prueba?

El mes

El concepto de mes, en la cultura hebrea está unido a la Luna, específicamente al ciclo lunar de 29 días. Y el punto de partida del mes era la luna nueva creciente, es decir el momento en el que, después de la luna nueva, volvía a aparecer mínimamente, con esa característica forma de uña. Un momento importante del mes lo constituía la luna llena, por lo que las fiestas principales se celebraban a mitad del mes, para coincidir con ella. Todo hace considerar que, en los tiempos bíblicos, el calendario no buscaba una precisión astrológica tanto como una conexión con los fenómenos que les rodeaban: el día comenzaba al anochecer. El mes comenzaba con la luna nueva creciente. El año con la primavera, siempre que las espigas de cebada estuvieran listas. Se dependía de los registros y las observaciones. El calendario era un registro histórico, antes que una proyección al futuro. Pero, la capacidad de observar los fenómenos climáticos y astronómicos fue desarrollando una potente habilidad para interpretar y pronosticar el tiempo, como deja evidencia el texto novotestamentario:

Al atardecer decís: “Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego”, y a la mañana: “Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío.” ¡Conque sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir los signos de los tiempos!

Según este texto, si alguien podía pronosticar el tiempo, con la misma habilidad también podía interpretar los signos de aquel momento histórico que estaban viviendo, si así se lo proponía. Y nosotros creemos que esos eran los beneficios del uso del calendario bíblico: en el corto plazo, el pronóstico del tiempo, con fines económicos, en el largo plazo, la interpretación de los signos y señales, con fines prospectivos.

El año

Regularmente, un año estaba compuesto por doce meses lunares, excepto cuando se hallaba que la espiga de cebada no había madurado aún, entonces se añadía un mes más, el mes trece. De esa manera práctica los meses lunares se ajustaban al ciclo solar de las estaciones.

El inicio del año estaba en la primavera, en el mes de Abib, que era el momento en el que se iniciaba la cosecha de la cebada. Y dentro del año, las tres grandes fiestas anuales marcaban dos periodos notorios: el periodo de la primavera, los seis primeros meses, y el periodo de otoño, del séptimo mes en adelante.

Las festividades de primavera daban inicio al año. En ellas se recodaba la salida de Egipto y la llegada al Sinaí. Al toque de las trompetas, se celebraba la Luna Nueva, marcando el primer día del mes. Luego, el día 14, que correspondía al segundo sábado, por la tarde, se celebraba la Pascua. Y al anochecer se daba inicio a la fiesta de los ázimos o panes sin levadura, que al mismo tiempo comenzaba el conteo de las siete semanas hasta Pentecostés. De esa manera, prácticamente toda la primavera estaba llena de actividad, relacionada con la cosecha de granos, desde los panes ázimos, las primicias, la cuenta de las siete semanas y finalmente el día cincuenta, que era un pequeño Jubileo, recordando que luego de salir de la esclavitud, se había recibido los mandamientos que aseguraban la libertad permanente.

En cuanto a las festividades de otoño, tenían la característica principal de pertenecer al mes séptimo, o sea, a las actividades relacionadas con la purificación, como el Sabat o Día de Reposo, o el Año Sabático cada siete años, o los setenta años de la purificación anunciados por Jeremías. Motivo por el cual, el primer día se anunciaba su llegada con el toque solemne de las trompetas y cornos. Luego, el día décimo se celebraba el Día de la Expiación, en el que se hacía ayuno. Entonces, el pueblo estaba preparado para celebrar la Fiesta de las Tiendas o Tabernáculos del 15 al 21. Esta fiesta estaba alineada con la recolección de frutos y cosechas de otoño. Finalmente, el día 22 se celebraba el octavo día, en el que se volvió tradición elevar las plegarias por la lluvia. De esta manera se cerraba el ciclo anual.

El año sabático

El año sabático al final de una semana de años, es otro de los aspectos que caracterizan al calendario bíblico. Siete de sus características principales son:

  1. El descanso de la tierra. Estaba prohibido sembrar, podar y cosechar. Estaba permitido recoger lo que la tierra diera espontáneamente para el consumo, no solo para los propietarios, sino para cualquiera que lo necesitara. Este año aseguraba la recuperación de los suelos y otorgaba un tiempo especial de descanso general.
  2. La condonación de las deudas.
  3. La liberación de los esclavos hebreos.
  4. El estudio de la Ley, en particular en la Fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, del mes séptimo.
  5. El incentivo de la confianza en la provisión celestial, que prometía una cosecha abundante al año sexto, que sería suficiente para tres años.
  6. El recordatorio de que la tierra era propiedad divina, asignada a cada familia a perpetuidad.
  7. Su conexión con el Jubileo, luego de siete semanas de años.

Su asociación al número siete hace que relacionemos este año con la función de purificación que también tienen el séptimo día, el séptimo mes y el Jubileo del que toca hablar ahora.

El jubileo

El gran objetivo del calendario bíblico era, en términos prácticos, cuidar la marcha hacia este momento: el año cincuenta. Con un tejido hecho de semanas y sábados, meses y lunas, años y fiestas primaverales y otoñales, y septenios con sus años sabáticos, el Jubileo se preparaba para entregar su gran aporte al bienestar individual y social.

Es muy significativo que el Jubileo no se celebrara al inicio del año, sino, recién en el mes séptimo, en el marco de la Fiesta de las Tiendas o Tabernáculos. Las razones para elegir este momento son dos:

  1. su contigüidad a un año sabático, pues el año 49 era el final de la séptima semana de años o septenio, por lo tanto, año sabático sin producción en el campo. Al ubicarse en el mes séptimo, la festividad dejaba seis meses para la recuperación de las actividades productivas.
  2. Reafirmar la noción de la función purificadora de la festividad.

La purificación, en principio, era literalmente una actividad de limpieza, para eliminar todo aquello que ensuciaba o contaminaba al individuo y al colectivo. En una segunda instancia, la purificación era uno de los recursos para preservar la libertad, un estado de independencia que dependía enteramente de cultivar valores que nos ayudaran a superar la animalidad y alcanzar un estado civilizado de bienestar, cada vez mayor.

El Jubileo se basaba en la idea de que la tierra y sus recursos pertenecían a Dios, y que los seres humanos eran solo administradores temporales de estos bienes. Este principio se reflejaba en varias prácticas clave:

  1. Restitución de Tierras: Durante el Jubileo, todas las tierras que habían sido vendidas o transferidas debían ser devueltas a sus dueños originales. Esto evitaba la acumulación excesiva de tierras en manos de unos pocos y garantizaba que cada familia tuviera acceso a los medios de subsistencia.
  2. Liberación de Esclavos: Las personas que habían caído en la esclavitud debido a deudas o pobreza eran liberadas, restaurando su dignidad y su capacidad para contribuir a la comunidad.
  3. Cancelación de Deudas: Todas las deudas eran perdonadas, lo que permitía a las familias empezar de nuevo sin el peso de obligaciones financieras insostenibles.

Estas medidas no solo tenían un impacto inmediato en la vida de las personas, sino que también establecían un marco para una economía solidaria y sostenible a largo plazo, además de lograr una eficiencia superior, si consideramos el impacto de la pobreza en el desarrollo de una sociedad. Pero, este “reseteo” no era general y absoluto, estaba enfocado en los medios de producción, que en aquel tiempo tenían su base en la propiedad de las tierras. En el texto bíblico se señala, por ejemplo, que las propiedades urbanas eran vendidas a perpetuidad, lo que nos permite entender que el enfoque del Jubileo no estaba en una suerte de “borrón y cuenta nueva”, sino en garantizar mínimamente la libertad de cada familia y sus individuos.

Dicho todo esto, necesitamos tener en claro que la libertad no existe en forma absoluta, sino en relación a ciertos objetivos. El apóstol Pablo le escribe a sus estudiantes y amigos romanos: “liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia”, y también a los griegos de Corinto:

¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te preocupes; pero si puedes hacerte libre, por supuesto procúralo. Porque el que en el Señor es llamado siendo esclavo, es hombre libre del Señor. De igual manera, también el que es llamado siendo libre, es esclavo del Señor. Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.

La lógica bíblica es simple:

Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal.

La libertad, en la cultura bíblica, es para la vida y el bien. Este calendario, a la luz de los hechos, prácticamente nunca entró en funcionamiento, porque para ello requiere de cierta calidad humana que ni la religión ni las ideologías han sido capaces de ayudarnos a alcanzar. Es uno de los aspectos que, lamentablemente, quedan pendientes y han sido la causa de la lucha que los profetas de Israel han sostenido a lo largo de los siglos.

Visión que tuvo Isaías, hijo de Amós, tocante a Judá y Jerusalén en tiempo de Ozías, Jotán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá. Oíd, cielos; escucha, tierra, que habla Yahvé: “Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne.” ¡Ay, gente pecadora, pueblo tarado de culpa, semilla de malvados, hijos de perdición! Han dejado a Yahvé, han despreciado al Santo de Israel, se han vuelto de espaldas. ¿Dónde golpearos ya, si seguís contumaces? La cabeza toda está enferma, toda entraña doliente. De la planta del pie a la cabeza no hay en él cosa sana: golpes, magulladuras, heridas frescas, ni cerradas, ni vendadas, ni ablandadas con aceite. Vuestra tierra es desolación, vuestras ciudades, hogueras de fuego; vuestro suelo delante de vosotros extranjeros se lo comen, y es una desolación como devastación de extranjeros.

¿En qué sentido podría educar este sistema jubilar que no fuera en forjar una sociedad de personas libres, solidarias y leales?

El calendario bíblico del sur

Con todo lo dicho, teniendo un compromiso con el padre de nuestros padres, solo nos queda implementar este calendario aquí y ahora. Y ese es el momento en el que nos enfrentamos a una realidad que nos confronta con nuestras limitaciones. Porque, si no estamos preparados, si no somos libres para servir al bien, las cadenas mentales, ideológicas, religiosas, económicas y culturales nos impedirán marchar en el sentido correcto, es decir, en base a nuestras propias coordenadas geográficas e históricas.

El año debe comenzar en la primavera y debe ajustarse a la actividad agrícola que nos da de comer, si es que queremos que el calendario conserve su calidad de herramienta para entender e interpretar el tiempo en el corto y largo plazo.

Entendemos que nuestra posición actual es precaria. También, que aun queda mucho por estudiar e investigar. Que es posible que en este momento sea imposible siquiera imaginar un Jubileo. Pero, podemos comenzar por celebrar el séptimo día, quitarle el contenido religioso y convertirlo en una auténtica fiesta familiar, al servicio del bienestar de nuestra familia.

Y si aún eso es imposible, tal vez es tiempo de reconocer, con humildad infinita, nuestro estado de esclavitud y elevar nuestra plegaria al cielo. Será el momento de llegar a un acuerdo con el Creador, creyendo firmemente lo que está escrito en la Carta a los Gálatas:

Vosotros fuisteis llamados a la libertad

Viene a mi mente la melodía del gran compositor italiano Giuseppe Verdi, el coro del tercer acto de su ópera Nabuco, con la letra de Temistocle Solera, inspirada en el Salmo 137, “Va, pensiero”, que encendió las almas de los patriotas italianos de aquellos tiempos. Que este coro sea nuestra oración:

Ve pensamiento sobre alas doradas,
vete y pósate en prados y lomas,
donde asciende el mágico aroma,
¡aire dulce del suelo natal!
Del Jordán sus orillas saluda,
de Sion sus torres derribadas…
¡Oh mi patria tan bella y perdida,
oh, añoranza querida y fatal!
Arpa de oro y fatídicos cantos,
¿por qué muda del sauce te cuelgas?
La memoria en el pecho reaviva,
que nos hable del tiempo que fue.
Los destinos de Jerusalem
trae en son de un crudo lamento,
o te inspire el Eterno un consenso
que le infunda a sufrir la virtud,
que le infunda a sufrir la virtud,
que le infunda a sufrir la virtud,
a sufrir la virtud.


  1. Deuteronomio 29.13-14. Biblia de Jerusalén, Edición 2001. ↩︎

© Pablo E. Cárdenas Gismondi, 2025

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