I
Mi padre desapareció un día. Todos pensamos que le había sucedido lo mismo que al tatarabuelo Enoc. Un misterio. Mi madre andaba en un silencio impenetrable y yo no me animé a preguntarle si sabía algo, pero había una sensación de luto que no quería confirmar. Mis hermanos eran los únicos que hablaban en aquellos días.
Transcurría el año 542 de la vida de mi padre.
En la séptima luna, el día seis de la primera septimana, luego de tres lunas exactas de su desaparición, muy de mañana llegó a nuestro campamento un ejército de varios cientos de hombres, montados en corceles, vistiendo ropajes extraños, impecables, con un símbolo carmesí en el pecho, y el que los dirigía que iba al frente tenía un manto escarlata. Todos usaban yelmos que impedían ver los rostros. Yo salí a su encuentro, tratando de disimular mi terror, para ofrecerles nuestra hospitalidad e indagar por los motivos de su presencia, asumiendo lo peor, pues nunca nadie había llegado hasta nuestra casa en aquellos días violentos e impredecibles. El de manto escarlata se adelantó mientras el resto se detuvo. Y cuando estuvo frente a mí, se apeó de su montura y se quitó el yelmo. ¡Era mi padre!
—¡Padre!—grité sin poder evitarlo. Mi madre, que observaba oculta todo desde la casa del árbol, se desvaneció. Mis hermanos menores, que la acompañaban, gritaron. Yo estaba en estupor, incapaz de pronunciar una palabra. Mi padre se acercó, me abrazó y susurró a mi oído:
—Yo soy Noé Décimo, hijo de Lamec, hijo de Matusalén, hijo de Enoc, de la Casa de Set que es la Casa de Abel.
La tropa que le acompañaba se retiró para armar su campamento, cumpliendo las órdenes de hacerlo a una distancia suficiente como para no verla ni sentirla desde casa. Yo seguía sin entender nada, pero seguí a mi padre en silencio. Subimos a la casa. Mis hermanos atendían a mi madre en su habitación, pero ella se recuperó rápidamente y luego de abrazarse con mi padre bajó a la cocina. El brillo de su mirada había regresado. Mi madre hablaba con los ojos, sumergida en un silencio que raramente perturbaba, excepto cuando cantaba.
II
En nuestro campamento solo vivíamos mi padre, mi madre, yo y mis dos hermanos menores. Desde que nacimos habíamos crecido en aquel bosque, sin servidumbre, ni familia, ni vecinos. Solos. No era una casualidad, por ello, que todos sabíamos hablar y entender a los animales, un arte común entre los hijos de Adam que se había perdido en nuestros días. Tal era nuestra relación con todas las especies del bosque que, en mis cuarenta y dos años de vida, jamás una fiera salvaje nos había atacado, ni había hecho estrago en nuestro ganado. En el campamento, terneros, corderos y cabritos se paseaban junto con conejos y gallinas. Sin embargo y a pesar de todo, el orden y la limpieza eran notables. Pero en medio de toda aquella pulcritud, de aquel orden, de aquella vida apacible, una extraña sensación de peligro constante acechaba. Habíamos sido instruidos por mi padre respecto a la amenaza que los demás seres humanos constituían para nuestra familia.
—Debido a eso —nos explicó un día mientras trasquilábamos las ovejas— tenemos que vivir sin contacto alguno con los adamitas. No se dejen impresionar por su riqueza, ni por la belleza de sus ciudades, ni tampoco por su inteligencia, por sus armas, por sus herramientas… —Hizo una pausa para mirarme directamente a los ojos—: O por sus mujeres. —Yo era un muchacho todavía, pero no olvido su mirada.
Con todo, no dejaba de haber contradicciones en esa advertencia. Porque había en la habitación principal de la casa del árbol, que era la que usábamos a la caída del sol, un mueble de madera primorosamente tallado con formas de hojas y flores en sus esquinas, que tenía dos puertas. En ese mueble se guardaba celosamente los rollos de cuero. Algunos contenían los secretos del arte de recordar, otros eran diseños de edificios y artefactos que papá recolectaba o él mismo hacía, pero la mayoría contenían la historia de la familia desde los días de Adam Primero. Precisamente de él había uno que tenía los bordes pintados de rojo. Esos rollos eran la evidencia de nuestra pertenencia a la raza de los humanos. ¿Por qué, entonces, teníamos que vivir separados de ellos? ¿Acaso hay alguien perfecto? Nos preguntábamos.
III
—Este rollo, como bien saben, lo escribió el padre de nuestra raza —dijo una noche séptima, después de su lectura, poco antes de desaparecer—. Por eso tiene una marca especial. Padre Adam Primero se lo dio a Set Segundo —añadió— y desde entonces lo conservamos de generación en generación. —Mientras hablaba iba extendiendo el rollo sobre la mesa, delante de todos—. ¿Entienden lo importante que es que sepan preparar el cuero, la tinta, la púa y que practiquen el arte de recordar en tablillas de arcilla?
»Gracias a los conjuros del recordar, que es magia superior —siguió explicando, hablando pausadamente, como queriendo grabar sus palabras en nuestros oídos—, sabemos que en el principio de nuestra raza la lengua ancestral la entendían también los animales de la tierra y las aves del cielo. Así nos fue dado cuidar de todo ser vivo.
»Sin embargo —continuó—, los adamitas, hijos de Caín, se alejaron del buen camino, olvidaron la lengua ancestral, oscurecieron la sabiduría, practicaron la magia inferior y corrompieron la tierra con la sangre de sus víctimas. Si Caín, después de matar a su hermano menor, multiplicó siete veces la violencia, sus hijos la multiplicaron setenta veces siete.
—Pero, padre —intervino Jafet— ¿por qué dices adamitas?, ¿acaso no somos adamitas nosotros también?
—Haces la pregunta que estuve esperando todos estos años —le respondió—, mereces la respuesta que estuve meditando todos estos años. Pero para eso necesito la ayuda de otro rollo —dijo incorporándose y dirigiéndose al arca—, porque no quiero que mis palabras pierdan su camino.
La habitación principal era amplia, con muchas ventanas y celosías. Tenía una mesa baja rectangular en el centro, como era tradicional, sobre una gran alfombra de lana que combinaba figuras geométricas con formas de hojas y frutas. Una gran cantidad de almohadones, de todas las formas y colores daba una sensación muy cálida al conjunto y la madera de la mesa siempre estaba reluciente. Detrás del lugar que papá solía ocupar, hacia el Oeste, estaba el arca de los rollos. Esa noche, abundante y variada comida llenaba la mesa familiar.
»Escuchen bien, hijos míos. —Nos miró a los tres al tiempo que abría, sacaba el rollo y cerraba el arca—. Sabemos que venimos de Adam Primero y que desde entonces el temor a la muerte nos ha gobernado por causa de los violentos. Pues Caín, siendo el primogénito, en lugar de proteger la vida de su hermano Abel, se la arrebató, convirtiéndola en un suspiro breve. —Regresó a donde estuvo sentado y abrió el rollo—. Por esa razón Caín fue echado del patriarcado y condenado, como Azazel, al eterno destierro. Pero, lejos de arrepentirse, Caín “el Traficante” reunió una banda de forajidos y fundó el sangriento reino de Janak, estableciendo en venganza una dinastía propia que estuvo en guerra perenne con la casa de su padre. Desde aquel tiempo los cainitas procuraron someter al patriarcado de Adam y a los demás patriarcados de la tierra no solo mediante la guerra, sino también con el brutal acaparamiento de tierras, fuentes de agua y ganado.
Todos escuchábamos con atención y sorpresa lo que Noé Décimo, hijo de Lamec, hijo de Matusalén, hijo de Enoc, de la Casa de Set-Abel, decía por primera vez.
—Como una llaga que se extiende sobre todo el cuerpo hasta cubrirlo completamente, así avasallaron los cainitas toda la tierra madre —continuó imperturbable, como sumergido en una visión—. El patriarcado de Adam estuvo en zozobra todo el tiempo hasta que finalmente sucumbió en los días de Tubal Caín, quien además de todas las abominaciones que cometió, añadió la vileza de envenenar en un banquete, el día de la muerte de Caín, a todos sus familiares con derecho a la primogenitura, entre los que estaban sus dos hermanos.
»Nunca un hombre tuvo un nombre tan oscuro y tan preciso. Con orgullo Caín decía que Tubal encarnaba lo que esperaba de sus hijos, cada vez que deleitado escuchaba de sus perversas acciones. Los hurritas lo llamaban “el Destructor”. Tubal era literalmente un “mundo de maldad, violencia y transgresión del orden natural”. El miserable no mató a su propio padre porque ya estaba muerto.
—¿Y por qué nuestra Casa nunca hizo nada en contra de este malvado? —preguntó Cam.
—Sí se hizo, mucho, pero se actuó tarde —contestó papá—. Me obligas a explicar lo que sucedía en la Casa de Set-Abel.
IV
—Fue en el año 130 del patriarcado de Adam —continuó su relato, haciendo una pausa para consultar el rollo recién abierto—, que terminó la abstención por la muerte de Abel y nació Set, quien sería el primogénito sucesor. Nuestro padre Adam dedicó mucho tiempo a reflexionar sobre lo que había pasado con sus hijos. Por ese motivo, cuando nació Set, se decidió la refundación del patriarcado, se concentró y centralizó el poder y se organizó un ejército permanente. No solo eso, también se fundaron pueblos, ciudades, provincias y se estableció su capital, la bella Adama, a orillas del Mar de Nairi. Pero el mal se multiplicaba a una velocidad inusitada, mientras en el patriarcado solo se delimitaron las fronteras y se construyó una muralla, pensando ingenuamente que la maldad se podía detener con un muro de piedras y una mejora administrativa.
»Recién en el 235 se convocó a una asamblea para reunir a todo aquel que buscara restaurar la paz primigenia perdida en los bosques eternos del Protectorado de Odán. Ese mismo año nació Enós Tercero “el Mortal”, hijo de Set, y el patriarcado comenzó a llevar el registro detallado de los hechos. Fue cuando la violencia se comenzó a sentir en el interior del patriarcado que Adam Primero comprendió entonces que el daño superaba todo esfuerzo de reforma y que su patriarcado estaba en peligro de muerte. Ante aquella desesperada situación pidió a la asamblea que conformara un consejo permanente para resolver con la mayor agilidad posible los asuntos que él ya no podía atender solo.

»Pero los adamitas hijos de Caín eran serpientes astutas. Por consejo de su Enoc Segundo, se establecieron tres grandes ciudades junto a nuestras fronteras, con edificios hermosos, mucho comercio, muchas maravillas y mucha diversión. Cualquier cosa que la imaginación pudiera desear era posible de conseguirse en ellas, desde hermosos objetos de bronce, cerámica, textiles, muebles, hasta carretas de todo tipo y naves de todo tamaño. Pero quizá, lo más extraordinario se hallaba en los templos de Bat que combinaban el mármol y la madera de una manera que extasiaba los sentidos. En ellos, además de contar con decenas de altares privados, piscinas y jardines, se encontraban las más bellas mujeres dispuestas a brindar sus íntimos servicios a cambio de una significativa contribución a la grandeza de Bat, la vaca sagrada. En estos templos no había día ni noche, la música se podía oír a gran distancia y la comida y bebida eran abundantes a toda hora. El objetivo fue tentar a nuestro pueblo. Y tuvieron éxito.
Un silencio pesado llenó el ambiente. Nadie sabía qué decir frente a la historia que nuestro padre venía narrando por primera vez.
—Esta noche no es para contar estas cosas, es para llenarnos de alegría y gratitud —interrumpió mamá, sorprendiendo a todos, mientras entraba trayendo los últimos platos que había dejado en la cocina del campamento, y añadió—, sin embargo, creo que ya son muchas primaveras con el temor en el corazón, porque las cosas que nos cuentas no han terminado, sino que empeoran más y más y no sé cuánto tiempo nos podrá seguir protegiendo este gran bosque. Por esa razón, todo lo que vienes contando es pertinente esta noche séptima, pues su propósito es defender nuestra alegría y gratitud. ¡A comer! —ordenó, como final de su discurso.
Mi padre la miró largamente. Esa era su bella «Kurma», hablando solo cuando creía conveniente, con tal claridad y precisión que no dejaba otra opción que obedecerle.
—Su madre no lo ha podido decir mejor —señaló, mientras tomaba un pedazo de pan dando gracias—. “Digno eres padre de nuestros padres, de recibir nuestra gratitud por el fruto de nuestra tierra madre”. Bien —continuó—, debo seguir mi relato porque, aunque no sé con exactitud lo que debo hacer ante lo que viene sucediendo, lo que haga estará siempre en relación a estas cosas que les estoy revelando hoy. Además, guardo la esperanza que sean ustedes quienes me ayuden a encontrar el camino que debemos seguir en adelante como familia.
Los tres hermanos nos miramos con cierto asombro, a la luz de la lámpara de mamá que desde el centro de la habitación nos iluminaba. Papá continúo lo que venía narrando, sin dejar de comer.
V
—En el 325, ante la poderosa influencia de las ciudades cainitas, muchas familias del patriarcado sucumbieron y dieron lugar a una revuelta interna que fue llamada «la rebelión de los falsos amigos». Se levantaron maestros, en las ocho provincias, proclamando la necesidad de unificar al pueblo adamita. «Los hijos de Caín y los hijos de Abel debían superar sus disputas y darse nuevamente el abrazo de hermandad que había sido roto». Tales eran sus palabras, obviamente sustentadas con el poder de la magia inferior, pues lo que en verdad querían era tener parte de las ganancias que las ciudades de Janak, Ojirad, Mijuyal y Mitusal generaban en abundancia, unas ciudades creadas para atraer de manera irresistible a los incautos insatisfechos, con el único propósito de subyugarlos y esclavizarlos.
»En su afán de lograr reconocimiento entre los nuestros, los cainitas se comenzaron a llamar “adamitas”, y a quienes se les oponían los llamaron con sorna “autoritarios”. Como resultado de la estrategia cainita y de nuestra inmadurez, después de la rebelión de los falsos amigos, la Provincia de la Marca del Este se separó del patriarcado, declaró su independencia y derribó la muralla.
»La situación empeoró. En el 460 se disolvió la asamblea, pues se había convertido en un lugar de disputas y controversias, lejos del diálogo. En el 622, un Adam Primero agobiado abdicó en favor de Jared Sexto, hijo de Mahalaleel, hijo de Cainán, hijo de Enós, de la Casa de Set-Abel, quien fortaleció el ejército al punto que todo varón fue parte de él y muchas mujeres guerreras pidieron ser incorporadas también. Caballos y carros de guerra iban y venían por las principales vías del patriarcado cada día, mientras los batallones no dejaban de ejercitarse. La guerra era inminente. Desde el 687 comenzaron las escaramuzas. En el 874 la Marca del Este se reincorporó al patriarcado después de saborear el saqueo de las fuerzas dirigidas por su Metusael Cuarto, llamado “el Asesino”, que dejó en ruinas a la que había sido la más próspera de todas las provincias.
»Mi padre, Lamec Noveno, tenía cincuenta y seis años cuando Adam Primero descansó de sus agobios. Era el año 930 de su vida. Fue enterrado en las faldas del Monte Ancestral y durante tres años se lloró su ausencia. Entonces vino la guerra. Las escaramuzas se habían vuelto comunes y más intensas, llegando algunas a ser refriegas de cierta importancia. Jared Sexto, apenas asumió la primogenitura, nombró a su hijo, Enoc Séptimo, jefe de los ejércitos por su gran habilidad como estratega y por su intachable conducta. Así llegó el 987, la tensión entre ambos bandos había llegado a su límite con el secuestro de 180 jóvenes vírgenes. Jared declaró la guerra al reino de Janak y el ejército marchó ese mismo día. Las batallas se sucedieron una tras otra y el imparable ejército de Enoc avanzó de victoria en victoria. Hasta que llegó el día de la Batalla de Nod, muy cerca de Janak, la capital cainita, en la que se definió la guerra. Fue una lucha sangrienta y sin cuartel. En aquella memorable batalla murió su Lamec Sexto, padre de Tubal Caín. Nadie lloró su partida y las aves de rapiña tuvieron un festín por meses. Había terminado la guerra, pero no había llegado la paz. Ese día, el gran y justo Enoc Séptimo, jefe de los ejércitos del patriarcado, desapareció.
—¿Cómo que desapareció? —intervino Cam mirando fijamente a nuestro padre.
—Nuestros padres dicen que Enoc, después de andar toda su vida con la Autoridad, fue llevado por aquel que es el Autor de la Ley Absoluta, y por eso desapareció de nuestra presencia. Solo tenía 365 años cuando la Autoridad lo recogió.
—No lo entiendo —replicó Cam—, ¿haces las cosas bien y el premio es desaparecer?
—Desapareció para nosotros, no para la Autoridad. Enoc camina con él. Porque caminó con él toda su vida, pero los demás no lo hicieron, por eso no lo merecieron, no merecíamos andar con Enoc “el Justo”, ni que él peleara por nuestros errores. Por eso la Autoridad lo quitó de nuestra vista. Aún más, según Jajam el sabio, hijo de Obdial, es la Autoridad la que camina con él.
«Enoc Séptimo “el Justo”, fue un hito en nuestra historia familiar. Ya en sus “nombres” se anunciaba lo que venía con él: los signos de la cuerda, la serpiente, el humano y su mano. Ju-n-u-k, decían los antiguos, Junuk le llamaron, que significa “la mano del hombre en la cuerda de la serpiente”. De nosotros dependía domar a la serpiente, pero la mano del hombre falló. La cuerda de la serpiente era ponerle brida a nuestra naturaleza y conducirla. La serpiente es la esencia de nuestra inteligencia y astucia, pero hay que ponerle riendas para que esté al servicio de nuestro bien, bajo nuestra mano. Y en eso fracasamos. Por eso Enoc luchó como un león solitario. Por eso sus victorias no nos sirvieron. Por eso nuestro castigo fue perderlo el día de la victoria en la Batalla de Nod.
»La mayoría no se dio cuenta, mi padre sí. Y esa es la razón por la que al nacer yo, su primogénito sucesor, hizo la corrección en los “nombres” y al invocarme proclamó: “solo la serpiente y la cuerda compondrán su nombre. Nuj le llamarán, porque no prevalecerá más el hombre y su mano”. Y luego añadió: “este nos hará volver de nuestra mala manera de vivir y vengará el dolor de nuestras manos, atadas a la violencia, a la miseria y a la destrucción de la tierra”.
—¿Tu nombre viene del nombre de Enoc? —pregunté lleno se sorpresa—. El suspenso había reemplazado al pesado sobrecogimiento del principio.
—Indudablemente —respondió papá con el mismo brillo en los ojos que mamá tenía cuando hablaba de nuestros deberes—. El día que lo entendí abandoné el patriarcado y vagué sin rumbo. Estaba abrumado. ¿Era yo el vengador de la sangre de la humanidad? ¿Cómo un hombre solo podría remediar tanto mal? ¿No habían fracasado todos nuestros padres desde Adam hasta el mismísimo Enoc? Odié mi humanidad, mi historia, mi familia, a mi padre y a mi madre, mi vida entera. Todo me parecía una pesadilla sin fin. El invierno me cayó encima sin estar preparado.
VI
—Una noche, pensé que había llegado el final —su tono cambió, habló lentamente—. Estaba en la ladera de las Montañas Perdidas, cerca del promontorio de las águilas. Había recogido leña para encender una fogata a la entrada de una hendidura que hay allí, para protegerme del viento helado de la noche, cuando escuché un gruñido.
»En un instante me di cuenta de mi error. Sumido en mis pensamientos y lamentos, me había olvidado de los lobos que habitan esa región. No necesitaba voltear para saber que a mi espalda estaba una manada completa contemplando su mejor presa de la noche. Arrodillado sobre la hierba con mis manos sobre dos leños secos, de pronto, me sentí como encendido por la potencia de un rayo que me acababa de caer encima, mi corazón se llenó de un dolor inmenso, lleno de una rabia incontenible. Luego, solo recuerdo que de mi boca salieron sonidos incomprensibles, gruñidos que protestaban ante el cielo que la montaña y la noche apenas me dejaban ver. Mi vida, mi esfuerzo, mi lucha diaria por un tiempo mejor, mis aciertos y fracasos, todo era nada ante un mundo entero naufragando en dolor y violencia.

»No sé si perdí el conocimiento, si lo soñé o lo imaginé, solo recuerdo fragmentos, mis manos de fuego encendiendo los leños, mis aullidos inmensos y los lobos que uno a uno se unían a mi lamento por un mundo en llamas, ardiendo y desapareciendo. Desperté dentro de una tienda, mis manos vendadas. No sabía donde estaba, pero ese día vi por primera vez a su madre.
VII
El día de su regreso, luego de abrazarnos y hablar brevemente con nosotros, papá se retiró a conversar con mamá a solas.
—Cuando terminen con los animales, pónganse la mejor ropa que tengan —nos dijo al poco rato, bajando de la casa, haciéndonos un guiño y subiendo a su caballo—. Yo voy a ver a mis compañeros y regreso. Esta noche será muy especial. Alístense muchachos, porque nuestras vidas van a cambiar para siempre. —¡Jep!— exclamó picando su caballo y partiendo a galope.
Preparar la noche, la mañana y la tarde del día séptimo era una tarea que llenaba de actividad nuestra casa, porque durante el día séptimo todo se suspendía. Todo entraba en el más absoluto descanso. Por lo tanto, había que preparar comida suficiente para nosotros y para nuestros animales. Como nuestros días comenzaban al anochecer, podíamos adelantar cosas como la masa del pan, o lo que desayunaríamos al amanecer. Desde muy temprano, cuando el bosque ya era distinguible del cielo, nos levantábamos con entusiasmo. Era la mañana del día seis. Luego de un breve aseo salíamos a dar de comer a los animales y ordeñar las vacas. Mamá, mientras tanto, con papá, preparaban un suculento desayuno, luego proseguíamos con las tareas de limpieza desde los corrales hasta el campamento. Mamá se dedicaba a alistar nuestra habitación principal, en la casa del árbol, decorándola con flores y frutos, mientras esperaba que papá trajera lo necesario para preparar la variedad de platos que tanto le encantaba hacer y disfrutar esa noche y al día siguiente. Así, después del desayuno, nadie comía hasta la hora del banquete, tampoco había tiempo, aunque íbamos picando lo que encontráramos en el camino, alguna fruta, alguna semilla, alguna hoja.
Al llegar la noche, todos bien bañados y vestidos con lo mejor que teníamos, nos reuníamos en la cocina grande para la ceremonia del fin del día sexto. Era la ceremonia del fuego. Con las tenazas mamá extraía un carbón del fogón para encender las lámparas de óleo mientras recitaba el Canto de la Luz:
Sea la luz, dijiste, y fue la luz. La viste buena, útil y apropiada para la vida, opuesta a la oscuridad. Entonces, para apreciarlas, llamaste a la luz “día” y a la oscuridad “noche”. Así fue el anochecer y el amanecer de un día. Nuestro primer día. Pero no te bastó un día, sino que nos concediste seis para hacer todas nuestras obras, porque disfrutas dándonos riqueza y abundancia. Hoy, enciendo esta luz para recordar y guardar ese tesoro.
Luego todos juntos recitábamos la Alianza:
En este final del día sexto, nosotros, los hijos de la autoridad, engendrados en libertad, venimos con alegría a honrar el séptimo día que tú elegiste para que sea un día distinguido. Concédenos ahora, padre de nuestros padres, ser reconfortados, porque venimos, cansados y agobiados, confiando que nos harás descansar.
Encendidas las lámparas, nos lavábamos las manos con el agua que papá echaba de un cántaro sobre el cubo con el que iba a apagar el fogón. Con el fogón apagado el sexto día llegaba a su fin y papá declaraba:
Aquí estamos, delante de ti, padre de nuestros padres, autor de la ley absoluta, nuestra única autoridad, para agradecerte por restaurar el cielo y la tierra en todos sus detalles y para honrar este día séptimo dándole el reconocimiento que merece como un día distinguido, porque en él disfrutaste del esfuerzo que hiciste y que ahora nosotros hacemos para restaurar el mundo. Concédenos este día el descanso, permítenos esta noche entrar en tu refugio, porque nuestro servicio ha terminado.
Entonces mamá subía por delante y ponía su lámpara al centro de la habitación principal, sobre la mesa. Luego, los hijos que la seguíamos íbamos colocando nuestras lámparas sobre las pequeñas ménsulas adosadas a las paredes alrededor de nuestra hermosa mesa familiar. El último en subir a la casa del árbol era papá. Su lámpara se guardaba encima del arca de los rollos, detrás de una pequeña tabla de cedro que la ocultaba y que tenía grabados los «nombres» del toro, el humano y la cabeza, «ajur» la llamábamos, la «luz invisible», porque la fuerza del hombre y su familia está en la luz que hay en su cabeza y de ahí fluye su autoridad.
Cuando todos estábamos cómodamente recostados alrededor de la mesa comenzaba la lectura del rollo rojo, llamado «El libro de las luces», que nos recordaba nuestro origen, nuestro sagrado propósito en la vida, y el deber de contar las semanas y los jubileos, restaurando de noche y sirviendo de día, celebrando cada séptimo nuestra obligación de descansar, a fin de no olvidar quiénes éramos, para qué estábamos en la tierra y por qué fuimos hechos de tierra. Solo así podíamos sentir gratitud genuina, como individuos y como familia. Terminada la lectura, nos quedábamos en silencio, mirando cada uno hacia nuestra lámpara, hasta que mamá se levantaba para distribuir la comida. Era un breve silencio, muy especial. Luego la comida era el tiempo favorito de todos, porque mientras disfrutábamos de los diversos platos, postres y bebidas, la alegría era nuestro propósito. Decir, hacer, mostrar cualquier cosa que nos produjera alegría. Sin duda ella era el ingrediente principal de la comida. Así pasaba la noche hasta que el cansancio nos señalaba que había llegado la hora de dormir. A la mañana, cada uno se despertaba sin apuro y buscaba qué comer. Al mediodía nos volvíamos a reunir para registrar en el rollo del tiempo los hechos de los días pasados. Cada uno iba señalando lo que quería que se registrara. Yo era el escriba de la familia y me fascinaba. La magia del recordar me asombraba. La manera en que los «nombres», unidos unos a otros al pronunciarlos, constituían conjuros que traían el pasado al presente, lo resucitaban y lo convertían en profecía de lo que habría de ocurrir. Era magia superior. El arte de decir la verdad. Al terminar de registrar, ya estábamos de hambre nuevamente. Era el tiempo de acabar con toda la comida que quedaba. Luego solíamos bajar de la casa y nos íbamos al riachuelo, donde nos encontrábamos con los animales. Al final del día, cuando anochecía, papá traía la “luz invisible” para encender el fogón, mientras recitaba:
Sea la luz, dijiste, y fue la luz. Aquel fue nuestro primer día. Hoy, aquí, enciendo esta hoguera para recordarlo, porque nuestro servicio ha comenzado.
Así era cada fin de semana.
VIII
El cielo se encendió de rojos, amarillos y naranjas, anunciando el final del día sexto. Todo en casa estaba listo. Mamá terminaba de arreglarse en su habitación del árbol. Nosotros esperábamos la llegada de papá y sus compañeros. Trescientos jinetes no son pocos y para nosotros era un espectáculo extraordinario. Al rato, entre los árboles vimos que venía alguien. A paso tranquilo venía papá, solo, seguido de tres jinetes. A medida que se acercaban tratábamos de distinguir y adivinar de quién se podía tratar. Eran figuras un tanto extrañas las que venían sobre los caballos y la oscuridad del bosque lo hacía más difícil, porque, prácticamente, los tres jinetes eran como tres sombras.
—¡Son mujeres! —gritó Cam.
—¡¿Mujeres?! —exclamamos Jafet y yo. Primero fue una duda y luego una corroboración, porque queriendo ver guerreros fornidos, las formas delgadas nos parecieron extrañas. Además, venían cubiertas completamente con un manto oscuro y al estar más cerca observamos que también venían embozadas. ¡Eran tres mujeres!
Cam corrió a avisar a mamá mientras Jafet y yo nos adelantamos para recibir a los recién llegados. Una emoción un tanto extraña se sentía en el ambiente. Mamá llegó con Cam detrás y se acercó a saludar a las recién llegadas. Nosotros, los tres, llevamos los caballos al establo, les pusimos comida abundante y agua. Nos mirábamos y sonreíamos sin saber decir por qué. Al regresar, nos esperaban para la ceremonia del fuego. Papá se adelantó para recibirnos.
—Hijos, quiero presentarles a estas jóvenes que serán un buen día sus esposas, si están de acuerdo y si la autoridad lo permite —nos dijo en un tono que mezclaba alegría con solemnidad—. Por ahora, serán como hermanas para ustedes, mientras ellas aprenden nuestra manera de vivir y sus sentimientos se aquietan, pues deben hacer duelo para recuperarse de las terribles experiencias que han vivido.
Terminó de hablar y las presentó una por una. Eran tres hermanas con nombres sonoros, cortos y extraños. Eran hermosas y nosotros nos sentimos emocionados. No nos dimos cuenta en qué momento mamá salió y regresó con tres lámparas nuevas. Esa noche séptima fue inolvidable y la mañana siguiente también, hasta su final. La alegría tenía un nuevo color. Algo vibraba de una manera diferente en toda la familia. Las tres hermanas sonreían con timidez.
IX
Al terminar el séptimo día con la ceremonia del fuego, luego de encendido el fogón, mamá entonó el antiguo poema que solía cantar en esa ocasión. Su voz melodiosa se elevaba con las primeras estrellas de la noche, mucho después comprenderíamos que nos cantaba una profecía: ¡Cantemos al Autor que nos eleva a lo más alto! ¡Caballo y jinete hundió en el mar! ¡Cantemos al Autor, elévate, elévate! ¡Cantemos al Amor que nos lleva a lo más alto! ¡Cantemos al Amor!
Cuando mamá terminaba de cantar, empezaba papá su monólogo habitual, que siempre comenzaba con la frase «Hemos cumplido nuestro deber. Hemos disfrutado del descanso. Déjenme ahora pensar en voz alta. ¿Cómo puedo encontrar la gratitud por esta nueva semana? ¿De dónde puedo traer el bien para los habitantes de la tierra?» Entonces comenzaba a cavilar según lo que venía sucediendo y lo que esperaba que sucediera más lo que podría hacer para que efectivamente sucediera. Por alguna razón nunca nos aburrían sus cavilaciones. Tal vez porque aprendimos a sentirnos honrados de compartir sus pensamientos. Tal vez porque esperábamos oír sus ocurrencias, o las ideas de algún nuevo artefacto que pensaba diseñar y hacer. Lo cierto es que estas cavilaciones suyas nos ayudaban a trabajar y actuar más unidos y coordinados.
X
Aquella primera noche, luego del descanso del día séptimo, reunidos los ocho en la habitación principal, papá puso un rollo nuevo sobre la mesa, era muy grueso. Al abrirlo vimos que se trataba de varios rollos que contenían los dibujos de una construcción.
— Esto es lo que será nuestro nuevo trabajo, desde hoy, primer día de la segunda septimana, de la séptima luna, del año 542 de mi vida y 1598 de los años de Adam —y al terminar la frase, de entre los rollos sacó uno que tenía dibujada una nave—. La Autoridad ha decidido el final de todo ser vivo por la violencia que llena la tierra y me ha mandado construir naves capaces de resistir la destrucción que vendrá, para que en ellas sobrevivamos con nuestros animales. En cincuenta y ocho años se abrirán las fuentes arriba y abajo, las aguas enfurecidas arrasarán la tierra hasta cubrir las montañas sagradas. Solo quienes estén en el arca de una nave sobrevivirán —lo dijo velozmente y añadió—, lo tenía que decir y ya lo dije. ¿Alguna pregunta?
Todos quedamos atónitos. No esperábamos una noticia de ese tipo.
—Bueno, bueno —intervino mi madre rompiendo nuevamente su silencio habitual, definitivamente algo estaba pasando—, este sería un buen momento —añadió— para que explicaras a todos tu abrupta desaparición y tu regreso con un ejército y tres preciosas hijas —terminó mirando dulcemente a las niñas-mujeres que estaban sentadas sobre los almohadones a su lado. Ellas le devolvieron la mirada también con una sonrisa. Parecía que ahora la familia tenía dos partidos muy bien definidos.
Mi padre carraspeó:
—No voy a disculparme por haber desaparecido —dijo y prosiguió—. Aquel día revisaba el texto en el que se explica por qué me llamaron Noé. Tenía la sensación de que había algo que no había entendido y ese día, increíblemente, entendí por fin a qué se refería mi padre cuando dijo “solo la serpiente y el nudo compondrán su nombre” y “no prevalecerá más el hombre y su mano”. Entendí que ya no sería como en los días de Enoc, en los que la misericordia dependía de nosotros, de nuestra capacidad de regresar del mal y volver al bien. La maldad de este mundo se había vuelto incurable. No había nada que la mano del hombre pudiera revertir. ¡Eso significaba que la justicia vendría directamente de la Autoridad! ¡Terrible cosa es caer en sus manos! Y yo que aún esperaba la corrección de este mundo, su arrepentimiento y su retorno a las sendas antiguas, me sentí desmayar.
»Era evidente que una catástrofe estaba a punto de suceder, de tal magnitud que nada quedaría después. Y yo estaba escondido en un bosque, esperando que la Autoridad corrigiera un mundo que ha elegido la maldad. El suelo se hundía bajo mis pies. Pensé en cada uno de ustedes, que me habían confiado sus preciosas vidas y a quienes, sin querer, había engañado de alguna manera. Corrí desesperado hacia Xux, lo monté de un salto y salí a galope. Tenía que buscar a mi padre y a mi abuelo. Ellos tenían que saberlo. Ellos me invocaron con los «nombres» de la cuerda y la serpiente. No pensé más, ni se me ocurrió apertrecharme de nada. Corrí hasta que Xux se detuvo en plena noche junto a un arrollo, resoplando, no iría más allá sin descansar. Resignado, desmonté para beber.
XI
—Desperté con un terrible dolor de cabeza y cuando quise moverme, me di cuenta que estaba amarrado —mi padre estaba sumergido en sus recuerdos—. No sé cuantos días y noches estuve en aquel campamento de cazadores, comiendo los desperdicios que me tiraban como a un perro y haciendo mis necesidades en el mismo lugar. Era evidente que me querían como mercancía, pues la enorme tienda en la que me habían metido estaba llena de pieles de todo tipo. Pronto regresarían a su lugar de origen seguramente, para comerciar todo lo que tenían, porque comenzaban a envolver las pieles formando grandes fardos.
»Una tarde, ya anocheciendo, llegaron los cazadores de vuelta al campamento, se oían sus voces acercándose. Los que habían quedado les respondían en esa lengua que no entendía. El barullo era más fuerte de lo habitual. De pronto en la entrada de la tienda apareció un rostro feroz y un brazo lleno de tatuajes que de un tirón arrojó a estas tres hermosas vidas —hizo una pausa mirándolas con enorme ternura, mientras ellas bajaban la mirada un tanto avergonzadas—. Bueno, el bruto tiró a sus hermanitas como si fuera un atado de avecillas recién cazadas. Al ver en sus rostros el terror y el dolor algo se encendió en mi interior. Mi corazón se enardeció. Me incorporé como pude y quedé de rodillas. Como aquella noche con los lobos, algo sucedió que no puedo recordar con claridad. La rabia nubló mi vista. Mi respiración parecía un fuelle azuzando el fuego. Elevé mi plegaria al único que oye y de mis labios volvieron a salir aullidos de dolor y una cólera incontenible que solo fue superada por los gritos que comencé a oír.
»Cuando me di cuenta, llamas de fuego iluminaban las paredes de tela de la tienda. Como un macabro espectáculo de sombras se dibujaban las escenas del juicio final que acababa de caer sobre el campamento. Hombres pasaban corriendo y sombras detrás de ellos. Gritos y gruñidos se mezclaban en una suerte de canto de terror. Ellas se apretaban una contra la otra mirando con los ojos desorbitados. La sombra de un hombre de pie apareció, retrocediendo lentamente, mientras agitaba su espada en el aire, cuando la perfecta figura de un lobo cayó sobre su espalda y luego toda una jauría, los gritos fueron espantosos. No sé en qué momento ellas me rodearon, ni cómo se deshicieron de sus ataduras, pero en sus ojos seguía el terror y la súplica por protección mientras desataban las mías. Cuando me puse de pie, un silencio sepulcral reinaba afuera.
»Tomé una de las varas de la puerta y salí. Las llamas se apagaban dejando solo manchas negras donde habían habido tiendas. Los cuerpos despedazados de los cazadores yacían por doquier. En la oscuridad escuché un lejano relinchar y bufar. Ellas me observaban desde la entrada de la tienda sin animarse a salir. Yo les hice un gesto con la vara para que me siguieran. Caminamos lenta y sigilosamente hacia los caballos que estaban sueltos. Cuál no sería mi sorpresa al distinguir en la noche a Xux. No fue difícil conseguir tres caballos más, pues habían muchos y todos con sus monturas. No pensábamos en otra cosa que en alejarnos lo más rápido posible de aquel lugar. Con los caballos listos, volví a la tienda para conseguir pieles que nos sirvieran para abrigarnos. Cabalgamos toda la noche, a paso lento pero seguro hasta donde nos dieron las fuerzas. El terreno era inclinado e irregular. Encontramos una cueva y desmontamos para descansar y protegernos del frío. En realidad solo era una hendidura, pero era suficiente para pasar lo que quedaba de la noche sin encender fuego. Allí nos metimos sin pensarlo más. Yo me coloqué en la entrada, pero el cansancio nos venció a todos.
»Desperté sobresaltado, ya había amanecido. Salí a ver dónde estábamos y me di cuenta que otro portento había sucedido. Estábamos en la hendidura de los lobos, cerca del promontorio de las águilas en las Montañas Perdidas. De sentirnos extraviados en la noche, ahora con la luz del día sabía con exactitud dónde estábamos. No solo eso, sino que sin saberlo, en medio de la oscuridad, habíamos avanzado en la dirección correcta. El río Pisún corría abajo, tranquilo y transparente, y a poca distancia, junto a él, iba el camino real. Una gran llanura se abría en aquella sección del curso medio del río. Aquellos eran los territorios de la Marca del Norte. Sabía bien que siguiendo el camino real llegaríamos a las puertas de la muralla.
»Nos tomó toda la mañana bajar de las montañas, pero por alguna razón el terror de los días pasados había desaparecido. De pronto, ella —dijo señalando a la menor de las niñas-mujeres— dio un grito y avanzó con su caballo, desmontó y nos señaló unos arbustos. Había descubierto a la distancia, con sus enormes ojos de niña, moras silvestres. Otro portento más por el cual agradecer. Todos desmontamos de inmediato y corrimos hacia la pequeña porque estábamos muertos de hambre. Recogimos todas las moras que pudimos sin dejar de comerlas al mismo tiempo. Cuando estuvimos satisfechos continuamos la marcha. Pasado el mediodía encontramos un vado para cruzar el río. Aprovechamos para beber y lavarnos. La vida parecía volver a nuestras vidas. Esa misma tarde, siguiendo el camino real, llegamos al pie de la muralla. Cuando en la puerta invoqué a mis padres, la tranquilidad volvió a mi corazón al ver que las puertas eran abiertas y los soldados salían a recibirnos.
XII
—Al día siguiente —prosiguió—, descansados y comidos, con nuevas ropas y los caballos ensillados, acompañados de una guardia real, partimos hacia Adama, la capital del patriarcado. Al llegar, luego de cinco días, a ellas las encargué en la casa de mis madres y salí en búsqueda de mis padres. Encontré a mi padre, Lamec Noveno, donde supuse que lo hallaría, en la Torre Oeste. Allí guardaba todos los rollos bajo su jurisdicción y propiedad. Tenía en la parte baja una herrería con una enorme fragua donde se podía fabricar lo que uno pudiera desear o necesitar, pero él normalmente estaba en la parte más alta de la torre de diez pisos, donde estaba su estudio y a donde se llegaba mediante una jaula que, gracias a un ingenioso mecanismo de contrapesos, permitía subir muy rápidamente por un conducto ubicado en el centro de la torre. Yo siempre preferí las escaleras, no me pregunten por qué.
»Cuando llegué, mi padre estaba en la terraza, desde donde se divisaba con claridad unos dos berus a la redonda. No se inmutó al verme, sonrió y dijo con total tranquilidad “te estaba esperando”, y añadió “hace cuarenta y dos años no quisiste abrir la ventana y ver lo que estaba bajo tus pies, pero parece que ahora ya estás listo”. Me paré a su lado y conversamos como nunca habíamos hablado antes. Ya no era un padre y su hijo, eramos dos compañeros frente al bien y el mal, la vida y la muerte. Me contó todo lo que había estado estudiando esos años, tratando precisamente de entender los tiempos.
—Cuando Adam Primero estableció la necesidad de medir el tiempo y establecer ciclos —me dijo—, dejó en claro que además de contar los días y los años, las estaciones y sus festivales, debíamos ser capaces de leer las señales. Los antiguos las llamaron «ajutu». Estas señales podían observarse relacionando los ciclos solares, lunares y estelares con los acontecimientos en el mundo del hombre. Si los ciclos y los sucesos discurren con armonía, los tiempos serán favorables. Pero, si son alterados, entonces se debilitan las fuerzas que sostienen al mundo. La energía que alimenta el bien comienza a alimentar el mal, hasta que la maldad misma termina por destruirse a si misma, cuando la violencia llega al corazón, que es la mente y la razón. Es la muerte la que avanza, día a día, semana tras semana, luna tras luna, espiga tras espiga. Por todo esto, sabemos que un cataclismo de dimensiones inimaginables está por llegar si no logramos detener la maldad en el ciclo jubilar que está por comenzar, el del jubileo 33 de la vida de Adam con los «nombres» de la medida y el hacha, que estamos por comenzar dentro de tres años. Si en ese ciclo jubilar no logramos detener la violencia y llegamos al ciclo jubilar del corazón, el jubileo 34, los tambores del final sonarán irremediablemente. Estamos hablando del año 1651 de Adam, su memoria sea siempre para bien. De lo que deduzco que al final del año 1656, cuando se inicie el año séptimo de aquella primera semana de años, del jubileo 34, el evento tendrá lugar, en la segunda luna, el día séptimo de la primera septimana. Bien sabemos que los juicios superiores caen en día séptimo y año séptimo, alineados con Saturno. Es la Autoridad la que está hablando.
—¿Estás seguro? —le pregunté sin mirarlo a los ojos.
—Lo hemos discutido con tu abuelo y estamos de acuerdo en los cálculos y las interpretaciones. Si el bien hubiera colmado la tierra, hubiéramos llegado al paraíso de los bosques del Odán, esta vez para dar el gran salto. Ya sabemos que las cosas no han sido así, sino muy por el contrario. El daño hecho es profundo y grave y me temo que irreversible. Y aunque todavía queda un ciclo jubilar, me es difícil creer que será suficiente. Por eso te necesitamos.
»Según tu abuelo, lo que se avecina es una catástrofe causada por la energía oscura de la mentira. Él dice que esta alteración de la verdad afecta el conocimiento y lo pervierte. Sin conocimiento se pierde la conciencia que tanto nos ha costado desarrollar por miles de años. Entonces, la ignorancia ciega y atrevida, instintiva y brutal, por la codicia de los frutos, desprecia el descanso de las noches y deshonra el día séptimo, exaltando el trabajo ininterrumpido. Sin descanso desaparece la septimana, la actividad humana se vuelve cruel y esclavizante, porque la percepción del tiempo se desvía hacia la producción de los frutos prohibidos, esos que destruyen la luz de la mente, el santuario de la vida humana. Luego, la ceguera trae la locura y entonces se pierde el equilibrio con las fuerzas naturales. Todos los días se vuelven iguales. Y esta maldad es tan grande que rompe el rafío, esa energía que llamamos cielo y que mantiene separadas a las aguas. Hemos afectado al reinado nocturno de la Luna. Es la furia de la Luna la que está por desatarse. Ella en su furor romperá todas las fuentes de las aguas arriba y abajo. La inestabilidad ya se hace patente con lluvias erráticas, tormentas marinas impredecibles, desbordes e inundaciones fuera de estación y pozos antiguos que, extrañamente, se secan por completo.
»Esto es solo el principio, lo que está por venir es peor, pero lo que finalmente vendrá ya es inimaginable. Yo estoy de acuerdo con el análisis de tu abuelo y su interpretación. En consecuencia, la única forma de enfrentar esta situación ahora es, por un lado, la guerra hasta acabar con los cainitas y sus adeptos y, paralelamente, construir naves capaces de soportar el ataque de las aguas que se avecina e impedir que se convierta en la extinción de nuestra raza. Durante estos años estuve haciendo algunos experimentos que quiero que veas y consideres, porque estoy seguro que ellos te darán lo que te falta para que definas y construyas la nave que necesitamos. El patriarcado confía en que podrás encargarte de dirigir la construcción de las naves necesarias para rescatar a nuestro pueblo. Es importante que, luego de ver lo que he avanzado, vayas a reunirte con tu abuelo. Él sabrá responder tus preguntas mejor que yo. Ya sabes que yo prefiero hacer más que decir.
»Así terminó de hablar mi padre, el gran Lamec Noveno de la Casa de Set-Abel. Sus palabras me confirmaron mis más grandes temores, pero la esperanza con la que hablaba le traía paz a mi alma atormentada. Esa era la respuesta que estaba buscando. Debo decir que lo que me mostró mi padre me dejó impresionado. Tenía varios modelos de naves en proporción de cien y diez veces menores a la real, suficientes para observar detalles críticos al momento de realizar la construcción. También tenía pruebas de resistencia de distintas maderas, amarres y calafateados. Se podría decir que el trabajo estaba hecho. Me despedí de él y fui a buscar a mi abuelo.
XIII
—Yo quisiera, a nombre mío y de mis hermanas, expresaros nuestra más profunda gratitud —dijo la mayor de las tres niñas-mujeres, interrumpiendo a mi padre, con un acento musical y usando las formas arcaicas de nuestra lengua de una manera perfecta—. Desde el día terrible de nuestro secuestro, nuestra vida cayó en una oscuridad que jamás pensamos posible, hasta el día en que, en nuestro llanto y dolor, «el cielo» —pronunció esta palabra lenta y suavemente—, como suele decir vuestro padre, nos concedió hallar su mirada. Tal era nuestra situación de desesperación que al ser arrojadas dentro de aquella tienda, nos bastó ver sus ojos y sentir su mirada, como mira un padre a sus hijas… —A penas pudo completar la frase por la explosión de llanto que provino de lo más hondo de su alma que, de inmediato, halló eco en las hermanitas menores que también comenzaron a llorar—. Disculpadme por favor —prosiguió limpiándose las lagrimas y mirando hacia el suelo—, por esa mirada no nos asustó su estado deplorable, amarrado como un animal salvaje. Gracias, gracias —dijo estas dos últimas palabras levantando la cabeza para mirar a mi padre directamente a sus ojos, mientras las dos hermanas pequeñas sollozaban y asentían con sus cabezas—. Desde que «el cielo» nos concedió hallaros y seguiros solo hemos visto el bien y una cantidad increíble de maravillas. Por eso, aquí, delante de los tuyos, que con tanto respeto y afecto nos habéis recibido —al decir esto rápidamente se acercó a mi padre y se postró ante él, seguida de inmediato por sus hermanas—, sin palabras para agradeceros que también nos hayáis traído a este lugar, para ser tratadas como hijas, nosotras que nunca conocimos padre ni madre, por todo esto, en esta noche inolvidable, juramos que donde quiera que fueres, iremos, y donde quiera que vivieres, viviremos, vuestro pueblo será nuestro pueblo, vuestra autoridad, nuestra autoridad, donde murieres, moriremos y allí mismo reposaremos, que solo la muerte nos hará separar.
XIV
Papá se acercó a las niñas, las levantó, las abrazó y las besó con delicadeza. La escena transcurría en un silencio conmovedor. Mamá estiró sus brazos y las tres corrieron hacia ella y se acomodaron a su alrededor. Papá prosiguió limpiándose lentamente una lágrimas:
—Bueno, decía que fui a ver a mi abuelo, Matusalén Octavo, hijo de Enoc, hijo de Jared, de la Casa de Set-Abel. Él descansaba aquella mañana bajo su higuera —hizo una pausa para dar un sorbo a su copa de vino y continuó—. Conocidos eran sus jardines y huertos, sus canales de riego, sus albercas, incluso sus famosas termas, pero también eran famosos sus establos, sus rebaños, sus pastizales y todos los productos imaginables que el cultivo y la crianza podían permitir. A mi abuelo le gustaba decir que el problema entre Abel y Caín fue separar sus labores, por ese motivo él las mantenía unidas.
«Cuando me vio, se levantó con agilidad y avanzó hacia mí con los brazos extendidos. “¡Nuuuuuj, hijo mío!” grito melodiosamente, le gustaba llamarme con la forma arcaica. Me abrazó largamente y luego me señaló unas plantas en unas macetas, junto a la hermosa higuera. “Estas plantas son para ti”. Había logrado una nueva variedad de vid que producía unos racimos enormes, con bayas de un color violeta oscuro precioso y ¡qué jugosas que eran!, con un sabor tan especial que permitía producir un vino único. Le había puesto el nombre de “Matuf” que en la lengua ancestral significa ‘dulce’, creo que no solo por el vino dulce que se lograba con ella, sino también porque quería que quienes disfrutaran de su uva recordaran que era la uva de Matusalén.
»Después de visitar sus viñedos, su lagar y su bodega, nos fuimos a comer a su casa. Con la alegría del vino aún burbujeando en nuestros corazones y el sabor de la comida en la boca, nos pusimos a conversar caminando por los jardines. “Sé a qué has venido”, me dijo sin preámbulos. Sabía que había estado con mi padre y que lo que buscaba era las respuestas más concretas. Ratificó las fechas con exactitud. Me puso al día de los últimos acontecimientos y su interpretación y luego me pidió que lo acompañara a su estudio para mostrarme lo que había avanzado y quería poner a mi disposición.
»Su estudio, una parte independiente de su casa, era un hermoso edificio blanco de dos pisos, recordé los días de infancia en los que nos encantaba subir a los jardines de la azotea para jugar. Mi abuelo era muy especial, le gustaba hacer trucos de magia para dejarnos con la boca abierta, nos contaba historias haciendo personajes con las hojas secas y nos regalaba dulces de leche o trozos de queso que él mismo hacía. “Matu Matuf” le solíamos llamar cantando y haciendo una ronda alrededor de él cada que aparecía, mientras él bailaba graciosamente y nos cargaba uno por uno. En el piso inferior había una sala inmensa con decenas de mesas y amanuenses dedicados a renovar, reescribir, restaurar rollos y tablillas. Matusalén Octavo no solo era el primogénito, sino también el guardián de los recuerdos del patriarcado. La Casa de las Cuentas fue creada por él para asegurar que los registros estuvieran al día y en buen estado. Entramos a su escritorio lleno de rollos y todo tipo de mapas enormes en las paredes. Después de dar órdenes a su asistente, tomó una vara que estaba encima de su mesa, se dirigió a uno de los grandes mapas y me llamó a su lado para mostrarme un secreto, según me dijo.
»Al año de mi partida entendió que el tiempo del fin había comenzado, determinó las fechas y la naturaleza del evento con la ayuda de mi padre, luego de discutir con el Consejo y recibir su respaldo se puso manos a la obra. Con mi padre discutieron sobre las características de las naves, los materiales a usar, los alimentos más apropiados para la travesía y la manera de producir todo lo necesario en cantidades suficientes. Así determinaron que la madera del guiparu serviría para construir la estructura y el revestimiento y desde ese momento comenzaron a cultivarlo en inmensos bosques que me iba señalando sobre el mapa. Hallaron también que la corteza del guiparu tenía características que la hacían ideal, debidamente tratada, para fines textiles, pues era resistente a la humedad y no formaba moho. Tal era la fama de este árbol que su nombre también se usaba para referirse al arte y la técnica de fabricar con esta madera. Otro árbol importante también fue el erinu, para la extracción de su resina. Se había calculado con precisión la cantidad suficiente de todo lo que era necesario para construir las naves y sus provisiones para un año completo, que era lo que se estimaba demoraría el evento y sus consecuencias. Estas provisiones incluían la alimentación del ganado y las semillas que deberían conservarse para reiniciar los cultivos.
»Absoluta y sorprendentemente todo estaba previsto, por lo que no entendía qué esperaban de mí, hasta que mi abuelo me lo dijo claramente: “Tú serás el que dirija al pueblo en su travesía hacia el Nuevo Mundo”, y añadió, “cuando la catástrofe llegue, yo me aseguraré de que tú y el pueblo contigo estén en las naves, ese día y no otro habré terminado por fin mi tiempo sobre la tierra, dormiré en paz y me reuniré con mis padres. Solo encárgate de las naves que de la guerra me encargaré yo”. No le respondí. Guardé silencio. Sabía que su edad era avanzada, pues acababa de cumplir los 911 años. Lo abracé con toda mi fuerza y regresé donde mi padre.
»Los días pasaron muy rápido. Estas niñas se iban reponiendo de los malos días. Las reuniones con mi padre y mi abuelo eran constantes. Después de casi dos lunas con los cazadores malvados, el tiempo en Adama se hizo corto. Mi padre me explicó lo que creía que se debía hacer en los días por venir. Su mayor preocupación era que se desatara el pánico en la población y que los enemigos del patriarcado intentaran destruir lo que se hiciera. Por eso, me propuso la conveniencia de organizar una casa de estudio en la que se trabajara con intensidad el cultivo de la conciencia, que permitiera acelerar la preparación del pueblo para los sucesos que se avecinaban, sin determinar fechas específicas, instruyendo de un modo práctico en las artes de la guerra, pero también en el cultivo de la tierra, la crianza del ganado, la elaboración de alimentos, la construcción de casas y edificios, la fabricación de herramientas y todo lo que permitiera que cada miembro del pueblo fuera capaz de producir por sí mismo lo necesario para la supervivencia de su familia. Los maestros deberían ser diestros en usar la instrucción práctica y la convivencia para inculcar los valores y principios de la alianza. Las casas de estudio funcionarían en las naves que parecerían santuarios y así permanecerían ocultas hasta el día del evento. Llegado el momento, la conciencia misma del pueblo descubriría con exactitud lo que estaba sucediendo y las fechas precisas. La guerra con los cainitas facilitaría el asunto.
»La estrategia, entonces, es construir la primera nave aquí, en el Bosque Oscuro, que es como llaman a nuestro bosque. Estas naves tendrían tres secciones. La primera, compuesta por una fortaleza de piedra que daría protección y ocultaría a la nave en su interior. La segunda, formada por la nave que liberada de la fortaleza, flotaría y surcaría las aguas. Y la tercera sección, en el centro de la nave, formada por lo que mi abuelo llama “el arca”, que es la que lleva la carga preciosa de vida humana, animal y vegetal en su interior. Además, lo que Matusalén, Lamec y los sabios con ellos habían considerado, era que habrían tres fases: antes, durante y después del evento. El antes era proteger el proceso de construcción y aprovisionamiento, para eso serviría la fortaleza. El durante era protegernos de la inundación de las aguas y sus fuerzas, para eso serviría la fortaleza que amortiguaría el primer impacto y luego la nave que una vez estabilizadas las aguas podría surcar en ellas. Finalmente, cuando la catástrofe hubiere terminado, la nave podría desplazarse hasta el lugar más apropiado para reunirse con las demás naves y esperar que las aguas regresen a su lugar. Antes que la nave se asiente, un sistema de soportes sería colocado para afirmar el arca en el sitio elegido. Luego, el material de la nave podría ser usado como combustible, mientras el arca serviría de refugio hasta que se construyeran las nuevas ciudades.
»Se construirán tantas naves como se consideren necesarias y en cada una habrá una casa de estudio. Este año lo dedicaremos a definir los detalles del diseño, afinar las técnicas ya desarrolladas, entrenar a los maestros y escoger los lugares para su edificación. Cuando menos pensemos la primavera llegará nuevamente y el tiempo pondrá a correr los últimos cincuenta y ocho años de la Era de Adam. No he querido decirlo antes, pero estoy convencido que la suerte ya ha sido echada. El juicio ha sido establecido. La guerra solo nos dara protección para construir las arcas. Esto va a exigirnos mucho esfuerzo, pero también mucha conciencia.

»A pesar de todo, me siento muy agradecido a la Autoridad. Es la luz de su ley la que nos ha permitido entender con claridad todo esto. Una ley que se abrió paso lentamente entre nosotros, generación a generación. Una luz que se hizo más y más fuerte, más y más pura, hasta convertirse en una espada de doble filo, capaz de cortar la realidad y transformarla. Nosotros seremos, con el favor del cielo, la última generación de esta era y la primera de la venidera, no por nuestras virtudes, porque ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Tenemos la obligación de llevar el recuerdo de esta era, a pesar de su maldad, para que nunca olvidemos a quién pertenecemos y a qué servimos. Nuestra libertad es solo para hacer el bien a todas las especies de la tierra.
Y diciendo esto levantó sus manos, meciéndose lentamente, con los ojos entrecerrados, mientras murmuraba el canto de la unidad: «Presta atención, tenás defensor de la autoridad…». Todos le seguimos en silencio. Cuando terminó el canto, nos regaló una sonrisa y dijo:
—No puedo olvidar la escena con mi padre y mi abuelo, los tres, en lo alto de la Torre Oeste. Profundamente agradecidos al Padre de nuestros padres por la presencia de cada uno y de nuestras familias. Nuestras manos extendidas elevaron un olor grato al cielo, nos abrazamos y reímos con lágrimas en los ojos. Me despedí y fui por mis tres hijas para volver de inmediato con ustedes. Ya me esperaba la compañía de jinetes que mi abuelo había escogido personalmente, uno por uno. Avanzamos con rapidez por el camino real, pernoctando en las guarniciones, en cinco días llegamos a la muralla de la Marca del Norte, recorriendo veinte berus en total. Los últimos ocho berus nos tomaron ocho días. Así llegamos y aquí estamos.
—Cincuenta y ocho años, dijiste —le dije señalando el rollo de la nave sobre la mesa.
—Sí —respondió lacónicamente mi padre.
—¿Sabes cuántas naves se necesitarán?
—No —respondió —. Según mi padre, en cada nave pueden entrar noventa personas.
—¿Cuánto tiempo toma construir una nave?
—No lo sabemos.
—¿No te preocupa?
—No. Cuando me fui sentía que la catástrofe podía suceder en cualquier momento. Ahora, a pesar de la gravedad del asunto, me consuelan los cincuenta y ocho años. Estoy seguro que el cielo nos concederá más portentos.
—¿Nada te preocupa hombre de la serpiente y la cuerda? —insistí porque sentía que algo importante no se había dicho.
—Ya que lo preguntas así te responderé a la altura de tu insistencia —me contestó con tranquilidad y me devolvió la pregunta—. ¿Eres tú el escriba de esta familia?
—Sí —respondí.
—Bien —me respondió y añadió—: Pues has de saber que los nombres de estas tus hermanas no pueden ser registrados ni ahora ni después.
—¿Por qué? —pregunté sorprendido por una orden que jamás pensé recibir.
Todos teníamos los ojos sobre papá.
—Solo es una orden que debes cumplir —contestó mirándome fijamente a los ojos.
—Una orden más entonces necesitas oír —me dijo mamá—. Que si mis hijas no pueden ser registradas, yo, Kurma, hija de Yamime, hija de Futsio, hija de Furnepuke, mando que se borre mi nombre de los registros.
Mis tres hermanas miraban en silencio, con los ojos muy abiertos.
—¿No te parece, papá, que esto es exagerado e injusto? ¿Cómo eres capaz de privarle a una persona el derecho a que su nombre aparezca en los registros? —dijo Cam evidentemente molesto.
Entonces oímos la dulce y sosegada voz de nuestra hermanita menor:
—No te molestes, por favor. No se preocupen. Las razones de nuestro padre son justas. Porque siempre hay un precio que pagar por la maldad propia o ajena. Pero les aseguro que este es el precio más bajo que se podría exigir por nosotras, las hijas de Tubal Caín.

© Pablo E. Cárdenas Gismondi, 2025
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